El corazón del capitalismo guatemalteco

El pequeño empresario nos rodea. Está en nuestros barrios, en nuestros taxis, en nuestras oficinas, en todos los mercados, en las tiendas en línea y en las tiendas de barrio. Su presencia está en cada esquina. En nuestra mesa, en nuestra ropa y en nuestra cocina.


El pequeño empresario es parte esencial de cualquier mercado, suple buena parte de las necesidades básicas de una sociedad y es el modo de vida de miles de personas que inician un sueño o necesitan de ingresos. Es por eso importante reflexionar sobre sobre sus retos y de lo que se debe hacer para asegurar su éxito en nuestra sociedad.




El tamaño de una empresa se calcula dependiendo el número de empleados que tiene. En Guatemala, la pequeña empresa tiene un máximo de 25 trabajadores y cuenta con la participación directa del dueño. Cabe mencionar también la llamada microempresa que tiene de 1 a 10 empleados. Estas empresas varían en sus características dependiendo del sector, en el sector de servicios su situación puede ser muy diferente a la de una de comercio. Pero muchas de estas empresas por su tamaño tienen retos muy parecidos: necesitan acceso a crédito, no siempre están en la formalidad, buscan espacios gratuitos para publicitarse como las redes sociales, su flujo de caja es más vulnerable y marginalmente son más vulnerables a otro tipo de “impuestos” como las extorsiones.


La pequeña empresa es de suma importancia para cualquier sociedad no solo por su incidencia en la sociedad, sino también por la creación de capital. Desde este nivel se comienzan a crear las futuras grandes empresas o negocios locales en un barrio o comunidad que no solo pagarán más impuestos sino darán más empleos. Existe, digamos, un costo escondido con la muerte de cada pequeña empresa; los empleos que no se mantienen, los nuevos mercados abiertos y ciertamente la paz social que implican más y mejores empleos.


Como idea un poco atrevida, no debemos pensar en las pequeñas y micro empresas solo como las que están formalizadas, sino todas aquellas personas y grupos que se organizan para intercambiar bienes y servicios de manera pacífica. Esto implica desde aquellos comerciantes en los mercados que venden su cosecha, los jóvenes que emprenden un nuevo negocio de ventas en línea e incluso al profesional adulto que no le queda otra opción más emprender con algo que sabe hacer.


Dos de las importantes preguntas que se hacen los economistas en este aspecto son: cómo se puede formalizar buena parte de la economía subterránea, y qué políticas se deberían adoptar para que este sector sea una estrato pujante y estable. Ciertamente un economista podrá tener una respuesta más colegiada, pero acá hay algunos ejes importantes a tomar en cuenta.


Primero, el acceso a crédito. Las personas que emprenden no necesariamente necesitan mucho dinero para empezar, pero lo necesitan. Este usualmente viene de ahorros de la vida, de la venta de un activo, de un préstamo familiar o del dinero de la jubilación. Casi siempre de redes sociales (físicas). Importante es entonces mejorar el esquema institucional de acceso a crédito, especialmente para aquellas personas que no cuentan con un patrimonio. Cabe resaltar aquellas instituciones que brindan microcréditos, pero debemos pensar en amplios sistemas nacionales públicos y privados.


Segundo, capacitación. Uno no sabe qué es tener una empresa, qué es tener un flujo de caja, planificar, hacer negocios, promocionarse, que le digan que no, tener pérdidas, mentalizarse que la inversión se recuperará en un par de años o siquiera saber donde vender. Usualmente se habla de pagar el “derecho de piso”, ese costo en tiempo y dinero para conocer lo mínimo de un sector. Ese costo no todos lo pueden pagar o en todo caso sería mucho más productivo y beneficioso para todos si fuese más corto. Es acá, en parte, donde la capacitación es clave. Desde acceso a contabilidad básica, hasta cursos específicos de cómo hacer negocios son necesarios para cualquier comerciante.


Y tercero, infraestructura. Este es amplio, abarca desde los caminos de las comunidades a los centros de mercado o las carreteras nacionales, pero también de los lugares donde la gente puede hacer negocios de forma segura. Este último requiere especial atención, porque si las personas no tienen un lugar asignado y adecuado para poner sus productos, simplemente no podrán vender. O pensemos en la infraestructura virtual para que las personas puedan vender y dentro de las capacidades para que lo hagan dentro de los requisitos que pide la ley.


Instituciones de todo tipo debemos poner atención a estos y otros tantos aspectos. Sin pequeños empresarios no hay futuros empleos, impuestos y riqueza. Salir de la pobreza es una labor intergeneracional que requiere ver y hacer donde se debe. Salir de la pobreza es un trabajo de todos.

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